Y de la gastronomía…

Y de la gastronomía…

En Pátzcuaro, una mesa cerca de la Plaza Vasco de Quiroga, un puesto del mercado o una fonda pueden reunir alimentos que no nacieron en el mismo lugar.

No es una anomalía. Es una de las claves para entender la cocina de la Región Pátzcuaro.

La ciudad ocupa un lugar central, pero desde aquí la comida conduce enseguida hacia las comunidades del lago, las tierras de cultivo, la sierra y los caminos que comunican Pátzcuaro con pueblos como Quiroga, Santa Clara del Cobre, Ario, Tacámbaro o Zacapu.

Por eso conviene hacer con la comida lo mismo que con las artesanías: preguntar de dónde viene.

Una cocina hecha de relaciones

En 2010, la UNESCO inscribió la cocina tradicional mexicana —cultura comunitaria, ancestral y viva, el paradigma de Michoacán— en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

No reconoció un platillo determinado ni declaró patrimonio a la gastronomía de Pátzcuaro. El reconocimiento comprende un sistema: agricultura, conocimientos, técnicas, prácticas comunitarias y las relaciones que van desde cultivar hasta cocinar y comer. Maíz, frijol y chile forman parte de esa base, junto con la milpa y procesos como la nixtamalización.

Que sea una tradición viva significa también que ha cambiado. Ingredientes, herramientas y formas de cocinar se han incorporado y transformado durante siglos. Más que buscar una cocina detenida en el tiempo, interesa reconocer qué continúa, qué se ha transformado y quién conserva esos conocimientos.

El maíz también dibuja un mapa

La diversidad comienza antes de llegar a la cocina.

Una investigación realizada entre 2012 y 2015 encontró once razas de maíz en la región del lago de Pátzcuaro. Entre las comunidades con mayor diversidad estaban San Andrés Tziróndaro, Arócutin, Uricho, Tzurumútaro, Napízaro y Pichátaro. El estudio muestra además cómo distintas variedades se relacionan con alturas, suelos, humedad y formas de agricultura diferentes.

Eso ayuda a entender por qué hablar simplemente de “maíz michoacano” dice tan poco.

Una corunda, un uchepo, un atole o una atápakua pueden compartir ingredientes y técnicas, pero cambiar de una casa a otra y de una comunidad a otra.

Las atápakuas son un buen ejemplo. Un recetario bilingüe publicado en 2004 reunió 42 variantes de cuatro comunidades cercanas al lago de Pátzcuaro, preparadas con distintas combinaciones de verduras, semillas, quelites, carnes y pescados.

Un mismo nombre no siempre significa exactamente el mismo plato.

Pátzcuaro: mesa y punto de encuentro

Pátzcuaro guarda también historias culinarias propias.

Según la memoria de la familia Oseguera, la sopa tarasca comenzó a servirse en 1966 en la Hostería de San Felipe. Es una genealogía familiar ampliamente transmitida, pero no contamos por ahora con documentación de aquel año que permita presentarla como un origen históricamente probado.

La nieve de pasta pertenece igualmente al paisaje cotidiano de la ciudad. Su origen exacto se cuenta de distintas maneras, pero su presencia alrededor de la Plaza Vasco de Quiroga está profundamente asociada a Pátzcuaro. Fijar una fecha o un inventor como hecho requeriría documentación que todavía no tenemos.

Y en Pátzcuaro y Janitzio encontramos otro pequeño mapa dentro de una bebida: el atole de chaqueta, preparado con masa de maíz, piloncillo y cascarilla de cacao.

El cacao no se cultiva en las tierras altas del lago.

También por ahí puede comenzar una historia: los ingredientes viajan.

El mercado cuenta la región

El mercado de Pátzcuaro deja ver estas relaciones sin necesidad de explicarlas demasiado.

El mercado de trueque reúne productos llevados principalmente por habitantes de comunidades cercanas a la ribera. Los estudios sobre esta práctica lo describen como un espacio de intercambio y abasto para productores, pescadores y artesanos. En el nuevo mercado la práctica continúa, y siguen llegando pescados, frutas, semillas, plantas y otros productos.

Pátzcuaro articula parte de esos intercambios; no los origina todos.

Esa diferencia importa.

Cuando cambia el camino, cambia la mesa

La Región Pátzcuaro tampoco termina en la orilla del lago.

Hacia Santa Clara del Cobre, la torta de tostada es una preparación característica del pueblo y aparece expresamente entre los alimentos que identifican su cocina.

Más al sur, Tacámbaro tiene una tradición propia de carnitas, pero también conduce a una preparación mucho más territorial: la Bola de Pedernales. La documentación disponible relaciona su historia con los trabajadores del campo desde el periodo del Porfiriato: frijoles con chile guajillo y distintos guisos se envuelven en tortillas calientes formando una bola que conserva el calor. Esa reconstrucción procede de una investigación local recogida posteriormente por fuentes institucionales; ése es, por ahora, el grado de certeza que podemos sostener.

En Ario de Rosales, la olla podrida, la cocada y la producción mezcalera tienen también una presencia propia.

Y en Zacapu, la nieve de pasta ha adquirido vida propia. Lo que todavía no podemos establecer como hecho es la genealogía que la haría llegar desde Pátzcuaro a través de familiares o aprendices.

Estos ejemplos no pretenden formar una lista completa.

Sirven para recordar que cada pueblo aporta algo distinto a la conversación regional.

El lago en la mesa

Dentro de esa región amplia, el lago constituye un territorio particular.

Charales y pescado blanco forman parte de su historia alimentaria. Hablar de ellos hoy obliga también a reconocer los cambios ecológicos y pesqueros de la cuenca.

Las poblaciones naturales de pescado blanco han disminuido gravemente y existen programas de reproducción y cultivo destinados a su recuperación. Por eso encontrar “pescado blanco” en una carta no basta para saber qué especie es ni de dónde procede.

Preguntar no empobrece la experiencia: ayuda a comprenderla.

Comer también es recorrer

La gastronomía de la Región Pátzcuaro no cabe en una lista de “platillos típicos”.

Está en una parcela de maíz de Tzurumútaro o Uricho; en una atápakua que cambia de una comunidad a otra; en el trueque del mercado de Pátzcuaro; en una nieve bajo los portales; en la torta de tostada de Santa Clara; en una Bola de Pedernales; en la olla podrida de Ario; en el lago y en aquello que el lago ya no puede producir como antes.

Pátzcuaro permite comenzar a reunir esos hilos, pero la región tiene muchas voces y cada lugar debe conservar la suya.

Cuando algo llegue a tu mesa, vale la pena preguntar:

¿Cómo se llama?

¿Quién lo preparó?

¿De dónde viene?

A veces la respuesta está a unas calles.

Otras veces exige tomar el camino.

Para entrar con mayor detalle en recetas, técnicas, cocineras, cocineros y preparaciones, la conversación continúa en Experiencia Pátzcuaro.

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